lunes 8 de febrero de 2010

LAS GUERRAS DEL PAN DEL SIGLO XIX. La otra cara de la "Castilla profunda"

[Desde que la izquierda abandonó su tradicional postura internacionalista prolifera la idea entre los revolucionarios de taberna de que existen "países de izquierdas" y "países de derechas", por así decirlo, y dentro de un mismo país, regiones progresistas y regiones conservadoras. Así, por ejemplo, se suele considerar a los EEUU un bastión de la reacción y a Cuba como ejemplo de "país que lucha". A escala nacional se reproduce también esa misma dicotomía entre zonas como Cataluña y el País Vasco (en las que ha florecido el independentismo, como sabemos), que vendrían a ser "de izquierda", y Castilla (aunque en general se aplica a casi todo el interior y el sur), más centralista y más "conservadora." Pero dicha distinción, desde el punto de vista del socialismo y del internacionalismo, es un auténtico disparate ya que pasa por alto que en todos sitios hay individuos con mentalidad reaccionaria e individuos con mentalidad progresista y que hay más o menos de lo uno o de lo otro dependiendo de las circunstancias históricas. El reaccionarismo o progresismo no lo llevan los pueblos en los genes. Y lo peor de todo es que cuando a algún pueblo, nación o como se quiera llamar a un colectivo de personas que conviven rodeados de unas fronteras (nacionales o regionales) le cuelgan el sambenito de "conservador" automáticamente se borran de su historia hechos que no encajan en esta etiqueta. Eso es lo que le ha pasado a la meseta, a la "Castilla profunda", de la que sólo se habla para mencionar su faceta conservadora (muy arraiga, es cierto... pero también lo está, más de lo que parece, en Cataluña y el País Vasco) y nunca de las luchas de su clase trabajadora. Un ejemplo de cómo se silencian ciertas cosas para perpetuar los prejuicios lo tenemos en las olvidadas "guerras del pan" del siglo XIX, en las que las clases populares de la meseta (especialmente en León, Palencia y Valladolid) se amotinaron por el abusivo precio del pan, un alimento que ellos mismos producían y que, cosas del capitalismo, apenas se lo podían permitir con su jornal. La represión, como suele suceder en estos casos, fue brutal pero más brutal fue el posterior olvido de los hechos; y tanto fue así que ni siquiera se sabe a ciencia cierta cuál fue la cifra de muertos. Estoy seguro de que si se hubiera tratado de una revuelta en donde ya sabemos para hacer reclamaciones nacionalistas ahora estaría en boca de la progresía. Pero sólo reclamaban pan y eso tiene muy poco "glamour". Ay, si la izquierda de por aquí se preocupara de honrar a estos héroes anónimos del proletariado y no a los privilegiados y caciques de la revuelta comunera... En fin, a continuación recopilo un artículo publicado recientemente en la prensa regional.]

CASTILLA, A MIL REVOLUCIONES


por Antonio Corbillón en El Norte de Castilla 06.02.10

A mediados del siglo XIX, España y sus gobernantes miraron hacia Castilla la Vieja y León para entender hacia dónde les llevarían los vientos de las revueltas obreras.

«Ya llegó el feliz momento de que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos coman mierda», cantaban los amotinados en Valladolid.

¿Castilla y León una tierra de gentes mansas y resignadas, siempre a las órdenes del poder de turno? Un sambenito que ha cargado a sus espaldas esta región y que se acentuó en el siglo XX por su papel tras la Guerra Civil, que perpetuó la idea de 'cabestro social' en manos del franquismo, orgullosos de ser uno de los 'sastres' que ayudaron a 'coser' la España 'nacional'. Ni siquiera los regionalistas, que han reclamado a los comuneros de hace medio milenio como el primer movimiento nacionalista peninsular (con permiso de las Revueltas de los Irmandiños gallegos casi un siglo antes), lograron cambiar la visión de una tierra poblada por hombres y mujeres entregados a las decisiones de sus poderes en cada tiempo.

Un trabajo de investigación, que analiza la gran conflictividad social y política de mediados del siglo XIX, desmonta el mito de la Castilla silente. ¿Sabía alguien que toda Europa quedó conmocionada con los fusilamientos sumarios de hombres y mujeres en Valladolid y Palencia a mediados de 1856? «En ambas ciudades no hay una triste placa que recuerde a tantos ajusticiados que sólo reclamaban el derecho al pan diario», lamenta Javier Moreno Lázaro.
Este profesor titular de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Valladolid acaba de publicar 'Los hermanos de Rebeca. Motines y amotinados a mediados del siglo XIX en Castilla La Vieja y León' (Región Editorial). Moreno Lázaro ha expurgado todo tipo de archivos y prensa de España y Europa para escribir sobre los motines durante el periodo 1854-1857, los tiempos del gobierno del general Espartero y el Bienio Progresista.

Época embrionaria de las revueltas que conformaron la modernidad occidental europea tal y como la conocemos hoy en España y en la que nadie contaba con el papel del campesinado castellano. Sirva de entrada un dato estadístico: este investigador ha datado al menos 425 motines en España en ese periodo. De ellos, casi la tercera parte (133) tuvieron lugar en la región. Y es que, como recuerda el catedrático de Historia Económica Ángel García Sanz, «la reconstrucción de estos hechos olvidados nos obliga a poner en cuestión ese carácter castellano sumiso y cabizbajo».

Las guerras del pan

En su amplio trabajo documental, Javier Moreno concluye que estos «motines del pan fueron, sin duda, los sucesos más sangrientos sufridos desde las Guerras Carlistas hasta el estallido en 1936 de la Guerra Civil». Sólo las algaradas de 1856 de Valladolid y Palencia (con diferencia las más violentas) se saldaron con 21 personas ejecutadas. Otras 61 murieron en las cárceles. «Pero sa sabe que hubo muchos más porque sus muertes ni siquiera se inscribían en los registros eclesiásticos», reconoce el investigador. Juzgados y ejecutados por tribunales militares, entre las víctimas hubo varias mujeres, un hecho que provocó «un gran escándalo que se propagó por toda Europa».

Pero estos sucesos cayeron en el olvido de los historiadores en parte para no deshonrar a la elite de la 'harinocracia', de gran poder económico y político en la región y en la Corte, y algunos de cuyos selectos miembros pisaron las cárceles en la década de los sesenta.

'Los hermanos de Rebeca' toma el título del proceso similar que se vivió en el País de Gales (Gran Bretaña) preindustrial. Una revuelta contra el pago de impuestos que sembró de violencia las calles del oeste británico entre 1839 y 1844. Idénticas razones a las castellanas, por lo que este documentado libro concluye que los motines mesetarios no tuvieron una raíz política sino de mera subsistencia, aunque puedan considerarse como «las primeras respuestas violentas al capitalismo en España», ya que sus manifestaciones de descontento son idénticas a los levantamientos de los países de Europa occidental.

Una urbe pujante

Sin embargo, pocas comparaciones podían establecerse entre Castilla la Vieja (con León, claro) y el 'espejo' europeo. Todavía atada a la agricultura de subsistencia, los escasos destellos de progreso sólo podían calificarse de preindustriales. Aunque la pujanza del negocio harinero y el remate del Canal de Castilla (1849) hicieron que una ciudad como Valladolid alcanzara los 40.000 habitantes a mitad de siglo. Sólo Barcelona, de entre las urbes españolas, creció más que ella a lo largo de la primera mitad del siglo, se atreve a afirmar este trabajado libro que, a través de los papeles (lógicamente no hay documentos gráficos que lo atestigüen) atisba una Valladolid «en trance de perder su apariencia levítica y castrense para poblarse de chimeneas y de convertirse en el mayor núcleo fabril del noroeste».

Mientras las elites agrícolas querían crear bancos y nacían las Cajas de Ahorros de Valladolid, Palencia y Burgos, el grueso de la población «libraba a diario una desigual batalla contra la indigencia». El éxito social y económico de la propiedad privada era engañoso y la desamortización de Mendizábal apenas había alumbrado una clase de «propietarios muy pobres que no estarían lejos del umbral de la pobreza».

Moreno Muñoz reúne datos demoledores. Con los ingresos medios de un jornalero «sólo alcanzaba a cubrir el 50,8% para el sustento de su parentela». Un dieta compuesta casi exclusivamente de pan y cuya cantidad no superaba los 91 kilos por persona y año (250 gramos al día). Paradójica circunstancia en el granero de España que ofrecía pan francés elaborado con harina en flor para los más acaudalados y un bolo alimenticio amasado con una harina negruzca de segunda o tercera clase a los que de verdad sudaban con su frente la explotación de los extensos campos de cereal. Los empresarios preferían enviar lo mejor del secano a las Islas Británicas.

Por eso, todas estas revueltas fueron agrícolas aunque después 'incendiaran' las ciudades. La situación era tan precaria que para detonar la espoleta de aquella sociedad bastaba un ligero aumento del precio del pan. La 'mecha' ya la ponía el vocerío de las mujeres congregadas en el mercado. Tras las revueltas castellanas, el Gobierno del general Espartero, ya en sus estertores, supo que el resto de España miraba hacia el centro. Desde el poder central se supo amplificar la dureza de la represión en forma de ejecuciones públicas y sumarias. La Plaza Mayor de Valladolid se convirtió en un cuartel militar lleno de hombres y maquinaria bélica dispuesta a que no se repitieran hechos similares.

La defenestración de Espartero a manos de O'Donnell levantó otra vez al pueblo. El nuevo general al mando encabezó el castigo ejemplar a la díscola Castilla, donde se repitieron las luchas obreras durante 1857, hasta el punto de que el propio 0'Donnell dijo ante las Cortes que «el socialismo ha levantado su cabeza en Castilla». El eco de la risa que provocó en más de un parlamentario podría durar hasta hoy.

Antigua fábrica de harinas de Medina de Rioseco (Valladolid) junto al canal de
Castilla, modernamente transformada en museo.


«La conflictividad fue la tónica general en Castilla hasta la Guerra Civil»
Entrevista a Javier Moreno Lázaro, historiador
El Norte de Castilla 06.02.10

Su especialidad es la 'harinocracia', que es al desarrollo de Castilla, lo que los altos hornos fueron a la revolución industrial. Javier Moreno Lázaro, profesor titular de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad de Valladolid, es un inagotable expurgador de archivos que expliquen, desde las cifras, el porqué del comportamiento humano.

-¿Por qué pervive el tópico de la región sumisa?
-Quizás porque las revueltas se han estudiado poco y mal. Sólo a escala local y de forma escasamente documentada. En el caso de este libro, trato de demostrar que los de 1856 fueron los más graves del siglo XIX. Acabaron con el Gobierno de Espartero, para quien Castilla era su 'niña mimada', y también por eso se silenció todavía más. Por pura vergüenza.

-¿Y ocurre todo esto en tiempos de bonanza económica?
-Valladolid, convertida en el mayor centro algodonero del interior, capaz de construir el teatro Calderón como quien construye la ópera de Manaos (Brasil), ofrecía el gran contraste de una clase con mucha influencia incluso en la Corte de Madrid. Pero tan poco dispuesta a dar nada que estaba rodeada de un campesinado empobrecido. La mayoría ni siquiera podían aspirar a la subsistencia.

-¿Ese contraste explicaría unas revueltas sin matices políticos?
-Fue la primera revuelta contra el capitalismo es verdad, pero el capitalismo tal y como se desarrolló aquí: de esencia rural. España no permaneció ajena a los cambios que vivía Europa, pero Castilla levanta por primera vez la cabeza para protestar por el exceso de tasas y la falta de pan. Una situación que fue endémica y provocó que la conflictividad fuera la tónica general hasta la Guerra Civil.

-También se silenciaron las violentas represiones oficiales.
-Nunca se supo el número de muertos reales en Valladolid ni en Palencia. Apenas quedó testimonio documental ni, por supuesto, una triste placa que recordara en alguna calle a los 21 fusilados de Valladolid. Pero por Europa corrió como la pólvora la decisión de pasar por las armas a varias mujeres.
-¿Qué continuidad tuvieron estos hechos después?
-Se repitieron las algaradas en 1868 y, hasta la dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), los estados de excepción fueron continuos. El desastre de 1898 consagró la 'Castilla inexistente', pero en 1904 hubo una revuelta en Valladolid en la que murieron varios niños. Y las revoluciones de 1934 no fueron sólo mineras.

viernes 5 de febrero de 2010

“SWINGJUGEND”: EL JAZZ CONTRA EL FASCISMO.

Durante el III Reich, una parte de la juventud alemana se negó a enrolarse en las Juventudes Hitlerianas e incluso a seguir las consignas y las formas de ocio fomentadas entre los jóvenes por el régimen nazi. Estas formas de ocio pasaban por promover el folclore tradicional alemán para fortalecer el espíritu patriótico [1] pero estos jóvenes rebeldes preferían el jazz y, en concreto, el swing que venía de las grandes urbes del otro lado del Atlántico. Ni que decir tiene que a los jerarcas nazis no hacía muy feliz el crecimiento de este fenómeno juvenil pues, en primer lugar, el jazz era considerada una música “degenerada”, de negros o peor aún, mestiza [2], y en segundo lugar, era considerado antipatriótico seguir músicas y modas extranjeras.


La estética de los Swingjungend imitaba la del dandy inglés.

Jóvenes de ciudad en su mayoría, los “Swingjungend” o jóvenes del swing (así se hacían llamar) se reunían (a pesar de la desafío que ello constituía para la uniformadora política ultra nacionalista del régimen) en clubes y casas particulares para escuchar jazz y bailar Su indumentaria también contrastaba con el uniforme paramilitar de las Juventudes Hitlerianas o con el atuendo tradicional alemán pues los “Swingjugend” llevaban el pelo más largo de lo normal, sombrero hongo, pins con la bandera británica, gabardina y paraguas en imitación de la estética del Londres de la época, ya plagado de clubes de jazz. Su apariencia inspiradas por la cultura anglosajona, en la que florecía el swing, venían a ser un anticipo de lo que fueron los mods. Incluso habían desarrollado una jerga derivada del inglés usado por los músicos de jazz (una rama del inglés negro norteamericano.) En cuanto a sus actitudes, en un principio muchos de los Swingjugend eran de clase media y reticentes a pronunciarse en cuestiones políticas y simplemente querían evadirse del trabajo alienante, de la uniformización y militarización impuesta por la dictadura y de una moral sexual represiva. No obstante, en cuanto el régimen empezó a tildarlos públicamente de “vagos” y “depravados”, los chicos del swing empezaron a mofarse de las consignas del partido nazi. Así en vez del hitleriano “Sieg Heil!” jóvenes rebeldes solían gritar en sus fiestas “Swing Heil!”. Poco a poco, los Swingjugend se fueron politizando y llegaron a entrar en contacto con organizaciones clandestinas de adolescentes que ya se movían en una dirección netamente antifascista. Algunos Swingjugend de Hamburgo [3] llegaron a relacionarse con una de ellas, la Weissrose (la “Rosa Blanca”), lo que les costó que las autoridades nazis les acusaran de promover la “propaganda anarquista y el sabotaje de las fuerzas armadas” [4] ante lo cual se dictaron algunas condenas a muerte si bien no llegaron a llevarse a efecto.

Cartel de la película "Swing kids" (1993). Hollywood
también dio su versión del tema

Obviamente, la respuesta del régimen no se hizo esperar y en 1941 se prohibió bailar swing. Las redadas de la Gestapo y de las Juventudes Hitlerianas en los locales de baile fueron numerosas y 300 Swingjugend fueron arrestados. Así las cosas, los Swingjugend tuvieron que pasar a la clandestinidad para sobrevivir. Por otra parte, su grado de politización creció tanto que se involucraron en el reparto de propaganda antifascista. Pero en enero de 1942 Himmler buscó una solución final para estos jóvenes disidentes y ordenó encerrarlos en campos de concentración para su "reeducación".


Cartel del III Reich: "Prohibido bailar swing. Ministerio de Cultura del Reich"


En conclusión, el fenómeno de los Swingjugend es interesante como forma de resistencia cultural ante el fascismo, una resistencia basada en la música jazz (¡no sólo de hardcore vive el antifascista!), una música cosmopolita y urbana que promueve el mestizaje y la síntesis de culturas, algo que siempre han intentado (inútilmente) evitar los nacionalistas de derechas o de izquierdas, herederos todos de la más rancia reacción.

NOTAS:

[1] Recuérdese que aquí Franco hizo lo mismo con los “bailes regionales” para contrarrestar la influencia foránea y por ende la entrada de ideas progresistas y cosmopolitas en esa “reserva espiritual de occidente” que era la España de la dictadura.
[2] Hay que tener en cuenta que por entonces ya había un pequeño grupo de músicos dde jazz e origen judío en los EE.UU.
[3] Hamburgo fue una de las ciudades alemanas en la que los chicos del swing tuvieron más fuerza. Curiosamente esta misma ciudad se acogió muy calurosamente a los Beatles en los primeros 60 en su histórica gira alemana.
[4] http://en.wikipedia.org/wiki/Swing_Kids

jueves 4 de febrero de 2010

EL COLONIALISMO ESPAÑOL EN GUINEA

[África es la gran desconocida. A pesar de estar más cerca en el tiempo que la conquista de América, poco se conoce de la colonización española en África, especialmente en el África subsahariana, es decir, en Guinea Ecuatorial. Allí el ejército, las empresas y los misioneros (claretianos) españoles saquearon y masacraron a la población autóctona. No obstante, a raíz de la publicación del libro Un guardia civil en la selva del antropólogo Gustau Nerín algunos hemos podido conocer este oscuro capítulo del colonialismo español. Los siguientes textos seleccionados pretenden arrojar luz sobre este ignominioso episodio.]

TENIENTE AYALA LARRAZABAL: EL GENOCIDIO DE UN POLICÍA ESPAÑOL EN GUINEA

Al dar inicio la I Guerra Mundial, en la Academia Militar de Toledo estudiaba un escuchimizado adolescente de 17 años llamado Julián Ayala Larrazábal. Aquel joven no había acabado en un centro así por casualidad. Como tantos compañeros suyos, Ayala procedía de una familia de militares: su padre era capitán de la Guardia Civil (...).

En agosto de 1917, quienes vieron al oficial dirigirse al barco correo de la Transatlántica, en Cádiz, no podían sospechar que aquel joven llegaría a ser tan odiado (...). El 29 de agosto de 1917, Ayala contempló al fin la bahía de Santa Isabel (...). Aunque en Santa Isabel había una élite de negros acomodados (los llamados fernandinos o krio), la jerarquía colonial era estricta. Muchos blancos llevaban armas cortas para intimidar a los negros. Los colonos solían pasearse por la ciudad en tipois, una especie de carretas transportadas por dos negros, uno delante y otro detrás. Los guineanos no podían entrar en ciertos establecimientos, y el Gobierno se aseguraba de que los blancos no llevaran a cabo tareas que requiriesen ejercicio físico para evitar el "desprestigio" de la "raza" (...).

Durante la I Guerra Mundial, dada la inestabilidad imperante en la región (Guinea era colonia española desde 1900), solía remunerarse la labor de quienes colaboraban en las tareas colectivas. Pero muy pronto se puso fin a tales recompensas. "Prestación no paga nada", se decía en Guinea, y aún hoy día los fang emplean un irónico juego de palabras sobre las "prestaciones" "sin devoluciones". Durante el periodo que Ayala pasó en Mikomeseng, la única compensación que recibían los negros por las prestaciones -cuando recibían alguna- eran escasas hojas de tabaco tipo Virginia. Y solamente porque los españoles propiciaban que los fang se convirtieran en adictos al tabaco y al alcohol, ya que así dependían en mayor medida del comercio europeo.

La justicia colonial constituía la base de los trabajos forzados. Ayala y los jefes de puesto de la Guardia Colonial eran las únicas personas con poderes legales para impartir justicia en el interior del país, y al mismo tiempo eran los principales interesados en el reclutamiento de trabajadores. Por ello, los culpables de delitos leves eran condenados a "colaborar" durante un tiempo en los "trabajos colectivos" (...).

Cualquier resistencia a la autoridad se castigaba de forma contundente. Algunos fang del este del Muni, por haber rechazado las prestaciones, fueron ejecutados. En una encuesta oficial, un testimonio aseguró que Ayala había ordenado el fusilamiento de treinta personas que se habían negado taxativamente a participar en las prestaciones. En 1925, un guardia llegó a un poblado de la zona de Ebibeyín y exigió braceros para la construcción de un puente. Los habitantes de la aldea lo desarmaron, lo ataron y lo devolvieron al destacamento. Antes de soltarlo, el jefe le formuló una seria advertencia: "En este pueblo no quiero ver guardia ninguno, y nosotros no trabajamos ni en el puente ni en los caminos". El áscari volvió del puesto junto a varios compañeros y arrestaron al jefe y a unos cuantos hombres del pueblo. Los militares les dieron una paliza brutal. Luego los sometieron a juicio. Se les condenó a cuatro años de trabajos forzados en las plantaciones de Fernando Poo ("Marfú", como denominaban los fang a la isla). Un médico colonial definió Fernando Poo como un "inmenso cementerio que anualmente se traga más de la veinteava parte de los braceros que acuden allí". En las plantaciones, la alimentación era escasa, y el trato, pésimo (...).

Ayala, teóricamente, ejercía su mandato sobre media Guinea continental, pero eran apenas unas cuantas aldeas situadas a escasa distancia de la frontera de Camerún las que se hallaban sometidas a la influencia efectiva de los destacamentos de la Guardia Colonial. Los caminos construidos a lo largo de la frontera oriental llegaban hasta rincones muy lejanos, pero por sí mismos no servían de mucho. En numerosos pueblos de la zona, los europeos no eran bienvenidos (...).

Ayala convirtió Mikomeseng en su hogar. Pasaba largas temporadas en el puesto de la Guardia Colonial o viajando por las inexploradas selvas del interior. Rara vez podía desplazarse a Bata. Durante su estancia en el destacamento, probablemente nunca tuvo ocasión de ir con ninguna blanca: en la Guinea continental tan sólo había 13 mujeres occidentales (y 74 hombres). El teniente, para superar la soledad, mantuvo un idilio con una mujer fang. No era un caso excepcional: los colonos solían mantener relaciones con mujeres negras. El propio Barrera tenía fama de mujeriego, y en Santa Isabel se aseguraba que, pese a su avanzada edad, aún iba detrás de las negras. En la metrópoli, aquellas relaciones se juzgaban con severidad, pero en la colonia eran habituales, aunque en principio los blancos prefiriesen a las mujeres blancas. El periodista Julio Arija, "heraldo infatigable y romántico de las grandezas de Fernando Poo", reconocía sin paños calientes que al principio las negras le daban asco (...).

La represión contra los osumu fue despiadada. Los fang estaban habituados a otro tipo de guerra. Antes de la llegada de los occidentales, cuando un clan fang se enfrentaba a otro, no se lanzaban a un combate exterminador, sino que se limitaban a atacarse mutuamente en una serie de pequeñas escaramuzas que se saldaban con un número limitado de víctimas, básicamente heridos. Los vencidos emprendían la retirada hacia otra zona y no eran perseguidos: nadie pretendía borrarlos de la faz del planeta. De ahí que los osumu y los demás fang de Mikomeseng quedaran estupefactos ante la violencia de la ofensiva española. La guerra no tenía reglas: ni niños ni ancianos ni mujeres escapaban de la represión. La estrategia bélica hispana incluía violaciones, robos, quema de poblados...

Ayala posa con un niño guineano.

Algunos osumu fueron lanzados al río Wele para que se ahogaran como se había ahogado el áscari que había iniciado el conflicto. En otros casos, Ayala ejecutó a los rebeldes en persona, a tiros, como reconoció uno de sus compañeros de armas. Y para ahorrar munición, el oficial ordenó a sus hombres que ejecutasen a los presos a golpes. Las tropas efectuaban inserciones en los pueblos osumu y se llevaban a todos sus habitantes a la ciudad de Mikomeseng. Les esperaba la horca. Ayala hacía que los colgaran de la monumental acacia que presidía el campamento de la Guardia Colonial. Se trataba de ejecuciones públicas, y los fang de la zona estaban obligados a presenciarlas.

Los cadáveres de las víctimas se arrojaban a una fosa común. Varios hombres de la zona, entrevistados en 2005 en un poblado situado a escasa distancia de Mikomeseng, coincidían en su versión de los hechos: "Ayala cavó un hoyo de más de 20 metros de hondo. Allí echaba a la gente, incluso viva. Es donde ahora está el estadio. Los traían de otras partes a los osumu, pero a todos ellos los mataban en Mikomeseng. La gente todavía sabe que es allí donde los mataron". La fosa excavada por Ayala, que muchos fang de Mikomeseng conocen, jamás ha sido reabierta (...).

Sin duda alguna, el genocidio de los osumu fue una de las acciones más brutales de las llevadas a cabo por Ayala. Si se le sigue recordando en Guinea, es sobre todo por aquel episodio. Pero el ataque contra dicho clan no supuso un acontecimiento aislado, sino que entraba de lleno en la lógica represiva del colonialismo español. En el África colonial, los europeos no vacilaban en matar, robar y destruir cuanto se les pusiera por delante si ello servía para acabar con la resistencia de los "salvajes". Puede que Ayala fuese el militar más violento de todos los destinados en Guinea, pero para obligar a un pueblo libre a doblegarse ante el dominio colonial hacían falta, obviamente, hombres violentos.

Ayala no era un sádico, como su jefe, el coronel Tovar de Revilla. No disfrutaba con palizas y torturas. Era un hombre frío y falto de pasión. Hacía sencillamente lo que consideraba más práctico, y no tenía ningún reparo en utilizar los métodos más brutales para hacer efectiva la colonización (...).

En 1924, Ayala ejecutó de un disparo en la nuca, personalmente, a algunos fang que se habían negado a efectuar las prestaciones. Y el oficial no ocultaba sus crímenes, sino que intentaba que se difundieran lo máximo posible para intimidar a los habitantes de su circunscripción (...).

La ocultación de los crímenes de Ayala y del Gobierno colonial empezó en el mismo instante en que se produjeron. Hechos tan graves no podían ser ignorados en una colonia tan reducida, en la que todo se sabía. Sin embargo, desde 1921 hasta 1931, sin que los colonos de Guinea protestaran, el teniente y numerosos guardias coloniales y funcionarios cometieron incontables crímenes: asesinatos, robos, destrucción, toma de rehenes, capturas de trabajadores... Y fueron muy pocos los colonizadores que levantaron la voz contra aquellos incidentes. El mundo colonial callaba: estaba dispuesto a proteger a Julián Ayala. No es casual. Los colonos sabían que los guineanos no cederían fácilmente a sus exigencias. Los fang no querían entregar sus tierras a los colonos. Los fang no querían pagar impuestos. Los fang no querían que se abusara de ellos en las prestaciones. Para colonizarlos hacían falta hombres inflexibles, como Ayala, y todos los colonos eran conscientes de ello.

Por eso la sociedad colonial no tan sólo amparaba a Ayala y a sus hombres, sino que además no admitía ninguna crítica relativa a los abusos coloniales. La revista de los claretianos La Guinea Española negaba la existencia de maltratos en África ecuatorial y elogiaba la labor de los europeos que colonizaban a "los negros del Congo, que son los más salvajes, los de mentalidad más embrionaria, más lúbrica, y borrachos...." (entre aquellos negros del Congo, tan perversos, también había fang).

La conquista de la Guinea continental coincidió en el tiempo con la Guerra de Marruecos. La muerte de miles de españoles en las trincheras norteafricanas acentuó la brutalidad del colonialismo hispano.

Fragmento del libro "Un guardia civil en la selva" del antropólogo Gustau Nerín

Extraído de http://revisionismos.blogspot.com/2008/06/teniente-ayala-larrazabal-el-genocidio.html



LA ESCLAVITUD Y EL TRABAJO FORZADO COMO ELEMENTOS CLAVE EN EL SURGIMIENTO Y DESARROLLO DEL CAPITALISMO. EL CASO DE GUINEA ECUATORIAL, 1880-1913.


Dolores García Cantús, Universitat de Valencia

«Es la esclavitud la que ha dado valor a las colonias [americanas], son las colonias las que han creado el comercio mundial y el comercio mundial es la condición necesaria de la gran industria del Mundo moderno» (MARX, K., Miseria de la Filosofía, II, 4)

INTRODUCCIÓN

Esta aseveración de Karl Marx no se encuentra analizada en ninguna de sus obras y tampoco en la que, de forma obvia, tendría que estar, El Capital, donde encontramos, en cambio, bastantes dosis de optimismo en cuanto a las consecuencias modernizadoras que, para las colonias, podía tener el desarrollo mundial del capitalismo. Marx, como buen europeo de su tiempo, heredero de la Ilustración, creía firmemente que el desarrollo de la ciencia y de la técnica propiciado por el sistema capitalista iba unido, indefectiblemente, a un desarrollo del conocimiento humano y de su conciencia, a un Bien general, igualitario y armonioso donde la humanidad pudiese encontrar la felicidad para todos los individuos.

En realidad, esta percepción de los principios ilustrados, donde la idea de progreso continuo devenía sacralizada, era muy general –sobre todo, entre las diversas clases y capas burguesas e intelectuales de la Europa del XIX- hasta el estallido de la Gran Guerra que dinamitó todos los principios éticos de la Ilustración. La primera guerra mundializada (como así lo estaban la burguesía y el capital) con sus millones de muertos, heridos, desaparecidos, la siniestra utilización de los descubrimientos químicos y mecánicos con la finalidad de matar; esa guerra terrible de trincheras que incitaba a los hombres a matarse cuerpo a cuerpo, como siempre se había hecho, pero en masa, globalmente, industrialmente, como nunca se había hecho; la guerra mundializada en nombre de las “patrias” que carecía de sentido para los que luchaban, mataban y morían. La Gran Guerra dio el golpe de gracia a la percepción optimista de la Modernidad y dejó al descubierto su otra cara; esa faceta ya denunciada magistralmente por Hobson en 1902[1] cuando sostenía que la causa consciente del Imperialismo -la ambición de individuos y naciones- se disfrazaba con las teorías pseudo-darwinistas de la lucha selectiva entre las razas donde la raza blanca vencería, sojuzgaría o aniquilaría a las razas de menor “eficiencia social”. Este discurso era el mantenido, entre otros prestigiosos científicos, por el padre de la estadística moderna, Karl Pearson, cuando defendía que la forma natural de entender la historia de la humanidad pasaba por considerar importantísimo para una raza fuerte “el mantener un alto grado de eficacia internacional mediante el antagonismo, concretado principalmente en guerras con las razas inferiores y en rivalidad con las razas iguales para disputarse las rutas comerciales y las fuentes de materias primas y de alimentos”[2]. De ello, decía Hobson: “Esta fe auténtica y confiada en la “eficiencia social” es, sin duda, el principal soporte moral del imperialismo”. Por lo tanto, ya no estamos en el discurso pseudo-científico, sino en el discurso ético que Hobson desenmascara irónicamente: “el imperialismo no es más que esta doctrina de la historia natural vista desde los intereses de la propia nación. Nosotros somos la nación socialmente eficiente, hemos conquistado y adquirido territorios y dominios en el pasado, y debemos continuar por ese camino; es nuestro destino, un destino que nos favorece a nosotros y al mundo, es nuestro deber”[3]. En efecto, fue ésta la justificación moral de la trata de esclavos africanos y, posteriormente, del Imperio Británico y de los países europeos occidentales para conquistar y dominar al 84% del planeta desde principios del XIX. El racismo no es más que el producto lógico de esta tramposa justificación moral.

Como dice Gallego Ferrán: “la dialéctica de la Ilustración contiene un elemento de dominación y no sólo de comprensión de la naturaleza: su desencantamiento deviene organización racional, y éste acaba creando un sentido de orden, de depuración, de belleza que se arroja sobre la sociedad”[4]. La lógica final e inhumana de ese camino, en su más perversa forma, desemboca en Auschwitz, como símbolo de la Barbarie. Efectivamente, como sostiene Adorno, Auschwitz marca otra gran ruptura con los ideales rousseaunianos de inocencia y también con los del pacto social. La cara más descarnada del capital, en su solitaria faceta de progreso únicamente material, aflora después de 1945: los pueblos de los países “desarrollados materialmente”, podían, después de la segunda guerra mundial, prolongar la percepción de ese tipo de progreso unos años más, siempre que se continuase con el control, la explotación y el saqueo de los pueblos y gentes de la Periferia. Sin embargo, a principios de este siglo XXI, asistimos –con un asombro digno de nuestra ignorancia- al derrumbe también del progreso material y con él, a la caída en picado de las últimas certidumbres de la ideología ilustrada que la propia burguesía supo adaptar a sus intereses más burdos, a través del desarrollo de la ciencia y la tecnología y así dispuso de los medios más sofisticados que jamás han habido para difundir y fomentar, como buena clase dominante, su ideología dominante.

En efecto, la faz que muestra al planeta este siglo XXI es el de un descarado neocolonialismo militar del Imperio sobre los países en cuyos territorios se encuentran las últimas fuentes de energía y recursos tanto materiales como, en algunos casos, “humanos”. Estos países coinciden con una cantidad considerable de “estados” del llamado Tercer Mundo. Según el discurso oficial, en las décadas de los 50 a 70 del siglo XX se produjo la descolonización, la sublevación de los pueblos oprimidos, los nacionalismos y todas las “verdades a medias” de la historia con las que han intentado adoctrinarnos. La doctrina, aparentemente, anticolonialista, nacionalista-revolucionaria no era más que un intento de que el discurso del Bien y de la liberación de los pueblos fuera creíble más allá de una realidad que nos muestra, hoy más descarnadamente que nunca, el abismo terrible que separa a la gran mayoría pobre, no-consumista, hambrienta, desesperada, emigrante, desubicada, marginada… de una élite cada vez más minoritaria y, por ello, más poderosa. El crecimiento exponencial de la polarización de la desigualdad a escala planetaria es abrumador. Esta es la cara de “Medusa” de la Ilustración y la descolonización fue una ilusión pasajera.

Como en un juego de espejos, esta cara queda oculta a la percepción de los pueblos de los países ricos. Se le muestran tan sólo aquéllos picos de iceberg, debidamente manipulados que el televidente se traga cuando está comiendo, momento propicio para que, en una comparación esquemática y autocomplacida, piense en lo bien que se está aquí y piense menos en la suerte que un simple accidente geográfico le ha deparado. El 95% del hielo restante, queda sumergido e invisible. Pero, lo realmente silenciado y prohibido, es el conocimiento del proceso histórico que, durante los últimos cinco siglos ha conformado la realidad actual.

El capitalismo, con su esencia depredadora, nace ya mundializando su economía y tratando de mundializar su ideología. Mundializa la economía de su sistema basándola, no el trabajo asalariado que siempre representó, además de un peligroso conflicto social latente en mismo corazón del capital, una minúscula parte del trabajo mundial y, por ende, de la obtención de beneficios, sino en la esclavitud y el trabajo forzado de los pueblos de la Periferia, africanos, latinoamericanos y asiáticos. La ideología pseudo-darwinista de la superioridad del hombre blanco, apoyada por los debidos argumentos científicos de la Antropología y demás ciencias Sociales, dio carta de naturaleza al sacrosanto derecho del hombre blanco a disponer y hacer uso de los recursos de los pueblos, de sus personas, del paisaje, del clima, de la biodiversidad, de la cultura. El discurso desprovisto ya de toda ética igualitaria, insiste en la diferencia respecto al Otro y en la inferioridad genético-social-cultural de Éste. Como parece evidente y he señalado, el racismo, ése gran mal de nuestro tiempo, es una consecuencia que se gesta con fuerza a lo largo del proceso histórico de imposición. En este escenario, Auschwitz deja de ser percibido como un hecho aislado, como una excepción y, por tanto, abandona los márgenes de la historia para resituarse como la culminación de un proceso que se remonta al encuentro (al “encontronazo”, según Cardoso) de 3 continentes en 1492, un proceso que a lo largo de los siglos deviene en fabricación industrializada, rápida y eficaz de la muerte del Otro.

Fue al Imperio Español al que se le debe el primer genocidio moderno de la historia. Se puede decir con Josep Mª Fradera que la pretendida “anomalía” de este Imperio derivaba de su carácter pionero. Sin embargo, por su desarrollo jurídico, por el control y el trabajo de las poblaciones sometidas y, sobre todo, por la destrucción que provocó, devino en el primer imperio moderno de la historia. Efectivamente, el problema de los españoles fue más arduo que el de los llamados nuevos imperios; se trataba de “cómo forjar una sociedad colonial duradera sobre poblaciones que habían sido militarmente derrotadas, demográficamente arruinadas, psicológicamente hundidas y socialmente aisladas y desestructuradas. No existían precedentes en esto. Ni nadie siguió esta pauta hasta mucho más adelante. Jamás nadie lo haría de nuevo a una escala parecida”[5]. El autor aún lo deja más claro: “en el Caribe primero y en el continente después, los españoles (…) provocarán una destrucción social de proporciones nunca vistas”[6].

Así, el siglo XVI habrá visto perpetrarse el mayor genocidio[7] de la historia humana. La modernidad es entonces, desde sus orígenes, hija de este genocidio y de la necesaria sustitución de la mano de obra indígena por la fuerza de trabajo africana cosificada. Después de la, siempre problemática Abolición de la esclavitud, la fuerza de trabajo de las masas pobres del planeta fue reconvertida en trabajo forzado en una gigantesca operación de ingeniería laboral.

Hay que reformular, en lo que nos atañe, el discurso de la Modernidad y, sobre todo, sacar a la luz la historia de su base económica y, por tanto, su rostro oculto y silenciado. La visibilidad de Auschwitz radica, no sólo en su cercanía temporal, sino en el hecho de que la inmensa mayoría de las víctimas eran blancas y ciudadanos de los países colonizadores.

En cambio, la completa alteridad con que se percibe al Otro diferente, ha sido una de las causas de esa invisibilidad. Sin embargo, es el sentimiento de culpa que puede acechar, sobre todo, a los cómplices pasivos de los genocidios pasados, los ciudadanos de los pueblos “desarrollados”, y la asunción coherente de responsabilidades por parte de éstos, el peligro que hay conjurar, ocultando y prostituyendo la Historia, implicando continuamente en esa prostitución a los pueblos de las antiguas metrópolis.

La esclavitud y el trabajo forzoso en la base del nacimiento del capitalismo


El tráfico de esclavos africanos, que nace a la par del “Comercio Triangular”, está en la base del sistema capitalista y con él, la esclavitud misma que duró casi 400 años. Parece un período demasiado alargado en el tiempo para que pueda ser olvidado tan fácilmente. La explicación no es otra que la del encubrimiento del doble discurso; la burguesía que predicaba en sus metrópolis la libertad, la igualdad (ante la Ley), y que desarrolló las Constituciones Nacionales como cartas de derechos democráticos, negaba el amparo de la esas constituciones metropolitanas a sus colonias, los consideraba esclavos y súbditos y establecía, de una forma muy funcional, un rígido sistema de jerarquías basado en el color de la piel y en lo que ha venido, eufemísticamente, en denominarse “la peculiar institución”, es decir, la esclavitud.

En la resaca de la etapa abolicionista, la burguesía decidió utilizar, mayoritariamente, trabajo forzado de la Periferia. Y convirtió, casi de golpe, a millones de personas en trabajadores-emigrantes, con un estatuto de asalariado absolutamente fraudulento, pero oficialmente, legal. No es muy probable que el coolee chino, indio o yucatanés, que firmaba un contrato de trabajo para una gran compañía con su huella digital, fuese conocedor de los término draconianos del susodicho contrato. Con un régimen laboral de cuasi esclavitud, el patrón no debía preocuparse por la amortización de los trabajadores porque, para que se ocupasen ellos mismos de sus propias necesidades, les pagaban un salario. Seguro que hicieron el cálculo del ahorro.

Paradójicamente, la ideología ilustrada sobre la injusticia y desigualdad de la esclavitud, las nuevas teorías económicas -de las que A. Smith sería portador- sobre la no rentabilidad del trabajo esclavo, las luchas de los esclavos por su emancipación (sobre todo, la revolución haitiana), las de los cuáqueros y la abolición misma devinieron en factores decisivos que provocaron una nueva acumulación de capital a escala mundial. No se trasladaban las empresas, se trasladaba a las personas, se los exiliaba y se les reducía a “recurso laboral”. Era el gran momento del desarrollo acelerado de los transportes y la navegación. Durante esta fase de la industrialización de Europa occidental y de los EE.UU, las condiciones en la Periferia empeoraron de forma alarmante. Durante un período que va desde las 3 décadas finales del XIX a 1945, las estructuras sociales, demográficas, medioambientales, económicas, políticas y culturales de los pueblos colonizados fueron violentamente debilitadas y masacradas, de manera que no pudieran hacer frente a fenómenos climatológicos adversos (para los que anteriormente tenían reservas); por ejemplo, las grandes hambrunas africanas y asiáticas de fines del XIX o cualquier otra situación de riesgo. Fueron los efectos “colaterales” de la inserción forzada, en un plano de absoluta dependencia, de la población de tres continentes en el mercado mundial.

Los diversos países colonialistas realizaron, a partir del XVIII, una reconversión gigantesca de la economía a escala mundial en la que arrebataron a los indígenas las mejores tierras para dedicarlas a los cultivos de exportación consumidos por el Centro (azúcar, algodón, café, tabaco, cacao, índigo, arroz, etc.), trabajadas por mano de obra esclava o servil, dejando las menos productivas para cultivos de subsistencia. De esta manera, introdujeron de golpe a millones de campesinos, que tenían garantizada su supervivencia en la “economía moral”, en la economía “amoral” del libre comercio internacional y, con ello, forjaron el Tercer Mundo. A partir de ese momento más del 80% de la población mundial pasó a depender de las decisiones políticas y del ritmo de las bolsas de los países llamados “desarrollados”, es decir, los colonizadores.

Desigualdades y Silencios.

En estos comienzos del siglo XXI, fuera eufemismos, sabemos que el capitalismo continúa sacando sus máximos beneficios de la misma fuente aunque de formas diversas, pero igualmente subdesarrolladoras e inhumanas. El siglo XXI ha devenido un periodo de neocolonización –muy parecido al del XIX- Sin embargo, si entonces las justificaciones ideológicas se basaban en las tesis de una antropología al servicio del poder, que sostenía la inferioridad de los pueblos colonizados y en la sacrosanta doctrina económica del libre comercio, de la deificación de las fuerzas del mercado y de la iniciativa privada –principios defendidos por Smith, Bentham, etc., hoy las grandes justificaciones son, junto al siempre omnipresente libre comercio, la democracia y los derechos humanos; de tal forma que parezca que la invasión militar y el expolio van de la mano de la implantación de la democracia indirecta y de los derechos humanos occidentales que, los mismos gobiernos occidentales incumplen sistemáticamente. En los diversos procesos de formación de sus estados nacionales, de sus revoluciones burguesas, las metrópolis forjaron sistemas políticos basados, supuestamente, en la libertad y la igualdad de todos los ciudadanos. Sin embargo, no olvidemos que el art. 17 de la Declaración de Derechos del Hombre y del Ciudadano, rezaba: “Siendo la propiedad un derecho inviolable y sagrado, nadie puede ser privado de ella, salvo cuando la necesidad pública, legalmente comprobada, lo exija de modo evidente, y a condición de una justa y previa indemnización”, y esta sagrada máxima entraba en violenta contradicción con la abolición y radicación de la esclavitud, puesto que los esclavos eran propiedad privada de sus amos de la que sacaban sustanciosos beneficios, en una producción y comercialización que extendía sus redes por los cinco continentes. Desarrollaron pues, sistemas políticos llamados democráticos basándose en el primer artículo de la citada Declaración, es decir, en la igualdad y la libertad (que regulaba el art. 4º) bien entendido que el principio de la igualdad ante la ley, como todos los demás de sus constituciones, tan solo era aplicable en la metrópoli y legislaron la intención de unas posibles “Leyes Especiales” para sus colonias que, casi nunca llegaron a plasmarse en el papel[8].

Así pues, en los procesos y momentos de forjar un aparato del estado liberal, dejaron fuera de él a las poblaciones de los países dependientes.

Es, cuanto menos, sospechoso que haya sido silenciada sistemáticamente esta ignominiosa forma de obtener el máximo beneficio por parte del sistema capitalista que, básicamente, continúa sacando sus máximos beneficios de las mismas fuentes. Si esta aseveración resulta correcta, las consecuencias de este silencio pueden devenir siniestras para nuestra especie y los occidentales tendremos que empezar por preguntarnos el porqué no lo vemos, qué es y de qué está hecho ese velo eurocéntrico que nos cubre y que actúa como un burka, es decir, nos distorsiona la realidad.

Por ello, en mi opinión, el silencio es culpable y las consecuencias incalculables. Sencillamente, el 20% de la población rica -que en realidad, es menos porque el 2% constituye la gran élite que devora más y hay millones de homless que no se llevan un hueso a la boca- no puede esperar ejercer el canibalismo económico con el 80% del resto del género humano y con la naturaleza y que no suceda nada.

La historia del tráfico de esclavos, de la esclavitud y del trabajo forzado de millones de seres, es casi inexistente en los libros de texto de Primaria o Secundaria y sucede prácticamente lo mismo, salvo por las clases de algunos historiadores, especialistas en colonialismo, cuyo número es escandalosamente bajo, en las Universidades de este mundo global. Por supuesto, en las sociedades terrícolas, bien se trate de Nigeria o de Gran Bretaña, reina la más profunda de las ignorancias. Evidentemente, planificada y difundida. Si los encargados de transmitir la Memoria no pueden hacerlo, si se utiliza la tecnología más avanzada para prostituir la Historia y si la especie humana en general –ya sea un individuo de la clase media neoyorquina o un habitante de las chabolas de Nairobi- se deja seducir por las Sirenas del consumismo capitalista, no es extraño el silencio. Pero ya sabemos lo que produce la amnesia.

No obstante, lo realmente importante en estos momentos, es que los pueblos africanos ignoran por completo su historia. Después de dos siglos de inmersión coercitiva en las culturas occidentales, después de imposiciones lingüísticas, religiosas, de normas sociales, laborales, domésticas, cotidianas, etc.; es decir, después de esta brutal aculturalización, ignoran el porqué, el cómo y el para qué (aunque esto lo intuyen) fueron colonizados y los bárbaros hechos que jalonaron el reparto y la conquista del continente. Encontramos el mismo silencio de Occidente: el tema de la trata así como el de la esclavitud no están presentes en los libros de texto y no hay programas en las universidades que los contemplen. En cuanto al tema de la colonización, todo lo que se imparte oficialmente en África es, en general, puro adoctrinamiento en cuanto éste les es funcional a los corruptos y dictatoriales gobiernos impuestos por los occidentales después de la descolonización. Obviamente, el hecho de reducir la colonización a un asunto de administraciones blancas corruptas sirve para diluir la responsabilidad del enemigo porque no conviene morder la mano que te da de comer, lo que no quiere decir que, en situaciones límite, se agite el fantasma del colonialismo[9]. Esta perversa forma de utilizar la historia también es muy útil para reafirmar los valores patrios, para desviar atenciones, etc. Es evidente que, en este contexto, a la mayoría de los gobiernos africanos tampoco les interesa que sus pueblos sepan de qué forma, durante cuánto tiempo y con qué fin sus antepasados fueron convertidos en mercancía.

El trabajo forzado en la colonia española de Guinea Ecuatorial. Un ejemplo paradigmático entre fines del XIX y 1913.

Resulta muy difícil hacer una síntesis de un periodo tan prolongado como complejo en relación al tema clave del colonialismo español en Guinea Ecuatorial: la perentoria y continua necesidad de fuerza de trabajo barata y eficiente. Esta necesidad y la imposibilidad hasta, aproximadamente 1913, de la asimilación y sojuzgamiento del pueblo bubi, empujó a los conquistadores a recurrir a formas de esclavitud encubierta, a prestaciones obligatorias de trabajo para la administración colonial, a la contratación fraudulenta de braceros de la costa, krumanes, liberianos, nigerianos, etc., a importar familias humildes de la metrópoli con promesas de triunfo, a utilizar el trabajo de emancipados cubanos enviados a Fernando Póo y de deportados políticos –en las décadas 60 y 70 del XIX- tanto peninsulares como cubanos.

La llegada de los claretianos (de hecho, verdaderos funcionarios del estado) en 1883 y su extensión por la isla, marcan el inicio de una lenta asimilación del pueblo bubi a base del rapto, la violencia de castigos corporales y el asesinato, la complicidad de la orden con el gobierno colonial en las llamadas oficialmente “expediciones de castigo” contra los poblados nativos y la imposición de la religión católica, como base civilizatoria de salvajes, en su vertiente más tradicionalista, ignorante y cutre, inculcando los valores religiosos de la civilización de la Madre-Patria-España de una forma ciertamente grotesca. Los “pobrecitos e ignorantes” bubis, además de aprender el castellano, adoptar las costumbres de la patria, adorar al dios único y verdadero, ser sumisamente obedientes, aplicarse al trabajo occidental y, encima, asumir éste como el factor básico de su existencia, tenían que creer en la parafernalia santoral española desplegada ante ellos, tal como: el glorioso imperio español protegido por la virgen del Pilar y Santiago apóstol, la conversión en mito colonizador de la moreneta de Montserrat, hecho explicable porque los padres claretiano procedían de Vic, etc.

Plantación guineana de la época colonial.

La enorme presión del Gobierno colonial y la de los plantadores y comerciantes de la isla en el reclutamiento de mano de obra forzada, sus ataques directos a los bubis (1904) y, a partir de 1900 a los diversos pueblos, mayoritariamente fangs del continente, supuso una intensificación de la violencia armada del estado colonial ante las continuas rebeliones de los colonizados y, finalmente, su sometimiento con la finalidad de la mercantilización y cosificación de sus personas y con el único objetivo de su explotación física en plantaciones, trabajos de infraestructura y demás necesidades coloniales.

Esta explotación física iba acompañada de la masacre cultural que los españoles perpetraron contra los pueblos colonizados africanos –bubis, fang, ndowe, annobonenses y bengas de Corisco, en su necesidad de dinamitar la estructura de pensamiento de éstos, sus costumbres y, en definitiva, todas sus formas de vida, rompiendo su identidad, su relación con el medio, sus tradiciones, su historia y, con ello, comprometiendo gravemente su futuro y su supervivencia.

No es hasta mayo de 1858, después de varios intentos fallidos y de un olvido de casi un siglo (1778-1858)[10], que la expedición Chacón sienta unas esquemáticas bases jurídicas para la colonización oficial de Fernando Póo. El primer Estatuto Orgánico de la colonia es aprobado en diciembre del mismo año, teniendo como objetivo prioritario establecer un núcleo permanente de población española junto a la fuerza de trabajo auxiliar que habían recomendado todos los informes: los krumanes. En agosto de 1859, la expedición La Gándara llega a la isla con 128 humildes colonos procedentes, en su mayoría de Valencia y Alicante y 166 militares. En octubre, gran cantidad de colonos habían enfermado o muerto. Por otra parte, el fracaso en el reclutamiento de krumanes fue también estrepitoso al huir éstos de la isla debido a los malos tratos, baja remuneración, largo periodo de contrata y la obligación de trabajar la tierra para lo cual no estaban preparados. La administración colonial ensaya entonces varias formas de trabajo esclavo, de facto, aunque se disfrazase con otro ropaje.

En agosto de 1862, desembarcaron en Fernando Póo los primeros 200 emancipados emigrados forzosamente desde Cuba. Junto con su juventud y el que fuese Zulueta y Cia. la encargada del suministro de víveres, todo nos hace pensar que, bajo el concepto “emancipados”, la administración colonial cubana, que se encontraba en una delicada posición entre el “miedo al negro” (desencadenado desde la revolución haitiana) y el superávit de esclavos existentes en la isla que no podían vender en EE.UU debido al bloqueo de los puertos sureños por la armada del norte, envió mayoritariamente bozales a los que se puso a trabajar en obras públicas. Paralelamente y, mientras se trataba de educar a los bubis en la civilización del trabajo, se ensayaron otras formas de reclutamiento esclavo en las costas del golfo de Biafra que, finalmente, también fracasaron. Fernando Póo adquirió la fama de ser no sólo en la tumba del hombre blanco sino también la del negro que libre o forzosamente, acudía a trabajar. En la costa se le conocía despreciativamente con el nombre de “Nanny Po”.

Desde 1861, pero sobre todo a partir de 1866, el gobierno comenzó a desarrollar una nueva política: la conversión de la isla en colonia penal para las víctimas, tanto peninsulares como cubanas, de las revueltas de la época. F. Póo devino en un espejo que reflejaba las contradicciones tanto de la política peninsular como de la nefasta política colonial.

En 1861 se produjo la primera deportación de 13 presos políticos malagueños. Casi todos murieron. Una mayor mortandad se produjo entre los 33 deportados, insurrectos de Loja, que llegaron en 1862. La tragedia de estas primeras deportaciones acompañaría la historia venidera de la isla como una maldición.

En 1873, el gobernador García de Tudela, en su informe al gobierno de la 1ª República, aconsejaba abandonar la colonización de la isla ya que los verdaderos beneficiados de ésta eran los británicos[11].

El gobierno de la Restauración continúa con la política de deportación de peninsulares en 1874, 75 y 76 y de presos políticos cubanos a partir de 1881. Todos ellos llevaron una vida miserable en la isla donde se les hacía trabajar como doble castigo.

Los contactos con los bubis hasta 1887 se habían reducido a los pueblos más cercanos a Sta. Isabel, como Basilé y Banapá, pero los bubis del interior y del sur (Moka) permanecían al margen no sólo de la administración colonial sino también de la pretendida soberanía española y gozaban de un total desconocimiento de su territorio por parte de los blancos. Sin embargo, la situación, a partir de la década de los 90 con el despegue de la economía del cacao y su perentoria necesidad de brazos, iba a cambiar desfavorablemente para el pueblo bubi.

En 1887 se realizó la 1ª expedición de reconocimiento a Moka. Uno de sus principales miembros, el padre claretiano Juanola, daba cuenta de este primer encuentro como sigue: “El fin que se propuso la expedición era altamente patriótico y religioso, ya que nuestro designio era atraer al amor de la religión y de España a los pueblos bubis, y contraer amistad con los botukos o reyes de la isla (…) y sobre todo con el gran rey de todos ellos llamado Moca, quien se creía hasta hoy ser invisible para los blancos (…). El Gobierno deseaba ganar su amistad, para así dominar la isla y la Misión permiso y benevolencia para establecerse en cualquiera de los pueblos bubis. Todo se consiguió como se deseaba. Te Deum laudamus”.

En realidad, todo se había reducido a un primer contacto exitoso, fracasando el reclutamiento de braceros. Diez años después, ante la renuncia de los bubis del sur de trabajar para los finqueros y sus enfrentamientos con éstos y con la Misión de la Concepción que raptaba niños bubis para sus poblados-reducciones, el gobernador Adolfo de España decidió realizar una “expedición de castigo” a Moka, pasando por los pueblos de Balachá. Ante la resistencia del rey a doblegarse y a proporcionar braceros, el gobernador le hizo saber que en aquella isla no existían más leyes que las del gobierno español y le amenazó con destruirlo a él y a su poblado si persistía en su actitud de rebeldía. Por otra parte, Adolfo de España recomendó a la metrópoli mano dura con los bubis y el envío de fuerzas militares. Se rompía así la política de las últimas décadas de acercamiento y asimilación pacífica de los bubis[12].

Recordemos el momento histórico: nos encontramos en medio de las disputas europeas, después de la Conferencia de Berlín de 1884-85, por el reparto y saqueo de África. En este contexto y, después del primer viaje de M. Iradier de 1875 al 77 al continente, siguieron otras expediciones con el fin de ganar para España el mayor trozo que se pudiese del “pastel” continental frente a la isla. Hay que nombrar aquí las expediciones de Iradier y Osorio en 1884, la del gobernador Montes de Oca en 1885 y la de Osorio en 1886. Este mismo año se constituyó la Conferencia franco-española en París con el objetivo de repartirse la rapiña, delimitando fronteras artificiales entre las posesiones francesas del Gabón y los 200.000 Km. que reclamaba España. En 1900 se firma el Tratado de París, por el que España tan sólo obtenía 28.000Km., en lo que luego se denominaría Río Muni, de los cientos de miles ambicionados. Un año después, los franceses entregaron oficialmente la ciudad de Bata con todas sus dependencias. En ese momento existían en la zona 8 factorías extranjeras: alemanas (4), inglesas (2), francesas (1) y belgas (1). Los trabajos de demarcación tuvieron lugar desde agosto a octubre de 1901 y, en el ambiente de derrota que se vivía en la península desde 1898, el Convenio Delcassé-León y Castillo, leído como el gran fracaso en África, vino a abundar en este sentimiento.

En 1904, mientras el gobierno colonial, defendiendo la posición de los finqueros, realizaba continuas expediciones de castigo con el fin de terminar con las rebeliones de los distintos pueblos fang del continente a ser deportados como braceros a la isla, el Gobierno metropolitano se disponía a reforzar las bases de la colonización, regulando jurídicamente, tanto la administración de los ahora llamados Territorios Españoles del Golfo de Guinea con un nuevo Real Decreto, como el régimen de propiedad de la tierra. En principio, todas las tierras que no estuviesen en uso, pasaban a ser propiedad privada del estado que poseía el monopolio de su concesión a particulares. Dice Alicia Campos: “Con esta concepción se desconocían conscientemente muchas de las prácticas de utilización del territorio por parte de los africanos, que no podían equipararse al derecho absoluto de propiedad privada, pero que hacían del bosque un lugar no sólo de recursos adicionales a los agrícolas, sino también un espacio potencial de movilidad (…). El estado colonial se abstuvo a estos usos el carácter de derechos de la población africana sobre el territorio: ello hubiera hecho jurídicamente muy difícil el inicuo reparto de tierras entre los colonos. De modo que la propiedad indígena (…) sancionó una verdadera desposesión”[13]. Aunque la autora señala que el régimen de propiedad establecido en 1904 aún concedía, de forma paternalista, ciertos derechos a los bubis y que sólo en 1920, tras el total sometimiento del territorio, se afianzaría la escisión entre ciudadanos y súbditos, lo cierto es que el pueblo bubi –desde fines del XIX- percibía legítimamente todas estas agresiones como una intolerable expoliación de sus tierras.

No es casualidad que fuese precisamente 1904 el año en que se produjo uno de los mayores enfrentamientos con los bubis del sur, teórico dominio del rey de las colinas de Moka del que dependían unos 200 poblados que se desparramaban hacia las bahías de S. Carlos por el oeste y de Riaba, por el este.

La conquista del Sur de Fernando Póo era importante para el gobierno colonial por las siguientes razones:

-La situación geográfica y climatológica de la zona de Moka que la hacía muy sugestiva para, por un lado, utilizarla como sanatorio de los blancos y, por otro, para su explotación agrícola como despensa de productos occidentales y pasto de ganado.

-La fertilidad de sus tierras que prometía pingues beneficios a los finqueros ya establecidos en la isla y servía de reclamo para nuevos establecimientos.

-La gran concentración de pueblos bubis que, una vez imbuidos de la idea redentora del trabajo, se convertirían en los braceros de los blancos y fernandinos.

-Finalmente, desde el punto de vista político, ya no era tolerable para el honor patrio y la imposición de la total soberanía de España, el tener en su territorio rebeldes que cuestionasen tal soberanía.

Todo ello coincidió con la administración de un gobernador militar especialmente violento, prepotente y corrupto, José de Ibarra que, en 1903, había emitido un bando sobre el trabajo forzado bubi. En junio de 1904 ordenó una expedición de castigo contra los poblados situados en Concepción y en el Valle de Moka que se negaban abiertamente a acatar las órdenes de la administración colonial. Con la complicidad de colonos y claretianos, y en el desigual enfrentamiento, fue hecho prisionero y torturado el botuko Ësáasi Eweera (sucesor del rey Moka), muriendo poco después en el hospital de Santa Isabel y hechos prisioneros, además de toda su extensa familia, un número indeterminado de bubis. Parece que el Gobernador había actuado por su cuenta sin dar parte al Ministro de Estado. Este hecho, más lo escandaloso de las formas, costó el puesto de gobernador a Ibarra que fue destituido el 15 de enero de 1905[14].

En junio de 1910, el gobernador interino, Luis Dabán, instigado por la Cámara Agrícola que, en su sede de Barcelona, había elaborado todo un plan de sometimiento de los bubis, publicó un decreto en el que se recordaba la obligación de sus jefes de presentarse ante los delegados del gobierno con todos los hombres de 15 a 50 años para su reparto laboral entre las fincas y la propia administración. La presión de este bando, la de los mayores finqueros de la isla (como la Trasatlántica) que ya se habían asentado en la zonas playeras, y los continuos raptos de niños para el poblado-misión de Mª Cristina, provocaron el levantamiento conocido en España como “los sucesos de Balachá” porque fue este pueblo –el más cercano a Moka y a la bahía de Concepción- el primero en rebelarse en legítima defensa. Las fuerzas coloniales subieron 3 veces a Balachá, sin poder vencer la resistencia bubi. Como quiera que en el segundo enfrentamiento, muriese el cabo blanco, León Rabadán, especialmente odiado por los bubis por su alianza con los finqueros mediante la cual cobraba 15 ptas. por nativo raptado y después del fracaso del tercer intento, se pidieron refuerzos a Sta. Isabel. El propio gobernador junto a 80 hombres al mando del jefe de la Guardia Colonial, embarcaron en el “Annobón” rumbo a San Carlos. Una vez en el terreno y, mientras subían, iban destruyendo los poblados bajos de Balachá “ya que las condiciones naturales del terreno, que era un espeso bosque, impedía a nuestras fuerzas maniobrar con libertad”[15]. Fue éste el enfrentamiento decisivo puesto que los bubis hirieron (siempre en cifras oficiales) a unas 12 personas, mientras las fuerzas coloniales causaron 6 muertos y 30 heridos y consiguieron matar al Jefe Luvá; capturaron a uno de sus hijos y a sus mujeres y llevaron presos a un número indeterminado de rebeldes.

A pesar de ello, en octubre, los bubis de toda la zona de la bahía se estaban rearmando y, ante el peligro de rebelión, el Superior de la Misión pidió ayuda a los finqueros Vivour y Romera que mandaron a sus krumanes a incendiar, saquear y matar. Se encontraron con la resistencia de Riebedda, jefe del primer poblado que incendiaron, quien mató a uno de ellos. Aún así, los mercenarios continuaron con su perversa labor. Los bubis se dispersaron e intentaron obtener protección tanto en la Misión católica como en la protestante. Cuando, a requerimiento del gobernador, llegó el barco de guerra mandado desde Madrid, su intervención ya no hizo falta.

Sin embargo, la amenaza de los hechos, parcialmente descritos, sirve de comienzo a la justificación del Bando del gobernador Ángel Barrera sobre el trabajo obligatorio de los bubis de 13 de octubre de 1911: “Este año (…), con más razón que en los años pasados (…) principalmente porque los sucesos del año anterior habían animado a algunos de estos naturales, y no habían dejado de tener sus reuniones (…) acordaron que si dictaban bandos para trabajar se negarían a ello y hata se rebelarían, porque alguien les había enseñado que el suelo de la Isla les pertenecía y que por lo tanto eran los únicos que tenían derecho a trabajarlo en provecho propio”[16].

Aunque, como sostiene la Dra. Campos, las rebeliones bubis lograron arrancar a la Administración Colonial española algunos derechos sobre las tierras y muchos naturales se convirtieron en pequeños agricultores, no fue antes de que se les reprimiese, humillase y se arrebatase a la comunidad su legítimo territorio.

La Sección Colonial, en su Informe al Ministro de Estado sobre las medidas gubernativas de Barrera y los hechos acaecidos, empleó términos bastante más duros que los del gobernador. En una reveladora comparación, relacionó a los bubis con el proletariado peninsular. La rebeldía y sublevación de aquéllos eran una “fermentación peligrosa que es necesario prevenir y atajar a toda costa si no se quiere sumar ese nuevo conflicto a los que constantemente suscitan las clases proletarias a título de reivindicación de sus derechos”[17]. Añadía, además, que los preceptos estaban escritos para ciudadanos pacíficos que en el momento en que se convertían en elementos perturbadores “pierden sus derechos que justifican las decisiones extremas y dictatoriales de la autoridad, que siempre tendrán que inspirarse en el legendario decreto del Senado Romano: Videant Cónsules, ut ne quid detrimento Respública capiat”.

Con la apelación al Senatus Consultum Ultimum, fórmula de excepción que el Senado de la República romana –inserta en un modo de producción esclavista- utilizó por vez primera contra Cayo Graco y sus intentos de reforma agraria en el siglo II a.n.e., se pretendía justificar el expolio de uno de los pueblos más singulares y pacíficos del continente africano".

NOTAS

[1] HOBSON, J.A., Estudio del Imperialismo, Madrid, Alianza, 1981.
[2] Citado por HOBSON, op. cit. P. 156.
[3] Ibídem, op. cit. , p. 158.
[4] GALLEGO FERRÁN, Los ciudadanos de la Alemania nazi en, http://idt.uab.es/erytheis/texte-integral.php3?id_article=64&lang=es. La cursiva es mía.
[5] FRADERA, Josep María, La peculiaridad colonial del imperio español: una consideración a largo plazo. Manuscrito inédito facilitado por cortesía del autor, p. 6.
[6] Ibídem, p. 11.
[7] Reproduzco aquí una cita de BARTOLOMÉ CLAVERO al respecto del término “genocidio”. El artículo completo en su web: http://clavero.derechosindigenas.org/?p=1593. “Convención para la Prevención y Sanción del Delito de Genocidio, artículo 2 (y Estatuto de la Corte Penal Internacional, art. 6): “Se entiende por genocidio cualquiera de los actos mencionados a continuación, perpetrados con la intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso, como tal: (…) c. Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial”.
[8] Véanse los magníficos trabajos al respecto de FRADERA, Josep María, “Raza y ciudadanía. El factor racial en la delimitación de los derechos de los americanos” y “¿Por qué no se promulgaron las ‘leyes especiales’ de Ultramar?” en Gobernar Colonias, Barcelona, Península, 1999, págs. 51-95; Colonias para después de un Imperio, Barcelona, Bellaterra, 2005 y el trabajo inédito “La esclavitud y la lógica constitucional de los Imperios”. Para un mejor entendimiento de las hambrunas y consiguiente mortandades globales de fines del XIX y su perversa relación con el colonialismo, MIKE DIVES, Los holocaustos en la era victoriana tardía. El Niño, las hambrunas y la formación del Tercer Mundo, València, Publicacions de la Universitat de València, 2006.
[9] El ejemplo del dictador de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang, es clarificador: multinacionales petrolíferas yankees, británicas, etc., están extrayendo una gran cantidad de petróleo en este país de colonización española, con plena libertad (puesto que Obiang no ha tenido nunca la osadía de Sadam de nacionalizar el petróleo), amplios privilegios y repatriación de beneficios. Por la gran riqueza que se está extrayendo, el PIB del país (los habitantes sobrepasan en poco al medio millón) podría ser, en estos momentos, el más alto del mundo. Sin embargo, los diversos pueblos guineanos mueren de malaria, de fiebre amarilla, de tifus, de sida… Resultado: por un lado, las multinacionales operantes muy contentas con sus grandes beneficios que, además, obtienen sin ponerse la careta de mesiánicos demócratas para justificar una invasión que les costaría dinero. Los “costes colaterales” no son cuantificables ni traducibles al vil metal; por otro lado, el dictador, su extensa familia, su clan y su corte, también muy contentos porque las corporaciones occidentales les pagan bien sus servicios. En medio de uno de los pueblos más pobres de África, Obiang es uno de los hombres más ricos del mundo. Y, sin embargo, hay mucho en él de pose anti-colonialista apolillada. No tiene nada que ver con el neocolonialismo salvaje del XXI, sino que se refiere siempre al viejo colonialismo español en su aspecto administrativo más anodino.
[10] Ver GARCÍA CANTÚS, Dolores, Fernando Póo: una aventura colonial africana en el África Occidental. I. Las islas en litigio: entre la esclavitud y el abolicionismo, 1777-1846, Vic, Ed. Ceiba, 2006.
[11] GARCÍA CANTÚS, Dolores, Abandonar Guinea: informe de García Tudela al gobierno de la República, 1873, Vic, Ceiba Ediciones, 2004.
[12] Para una mayor comprensión tanto del período como de la temática, son importantes las aportaciones de DÍAZ MATARRANZ, J. José, De la trata de negros al cultivo del cacao, Vic, Ed. Ceiba, 2005, y DE CASTRO, M.-DE LA CALLE, M.L, La colonización española en Guinea Ecuatorial (1858-1900), Vic, Ed. Ceiba, 2007.
[13] CAMPOS SERRANO, Alicia, “Colonia, Derecho y Territorio en el Golfo de Guinea: tensiones del colonialismo español en el siglo XX” en Quaderni Fiorentini, Milano, Dott. A. Giuffrè Editore, 2005, p. 875.
[14] GARCÍA CANTÚS, D., “El comienzo de la masacre colonial del pueblo bubi. La muerte del Botuko Sás, 1904” en MARTÍ, J. y AIXELÁ, Y., Estudios Africanos. Historia, Oralidad, Cultura, Vic, Ed. Ceiba, 2008, pp. 7-26.
[15] A.G.A. Äfrica-Guinea. CAJA 7, exp. nº 2, Sucesos de Balachá. Informe de Eduardo Bosch al Ministro de Estado, 29 de septiembre de 1910.
[16] A.G.A. África-Guinea. CAJA 7, exp. 2, Sucesos de Balachá. Decreto del Gobernador, Ángel Barrera.
[17] De la Sección Colonial al Ministro de Estado, 6 de Julio de 1912.

http://www.asodegue.org/junio2909h.htm

miércoles 3 de febrero de 2010

EL IPCC RECONOCE SU "ERROR" EN SU PREVISIÓN DEL DESHIELO DE LOS GLACIARES DEL HIMALAYA

[El lobby de los calentólogos se vuelve a poner en evidencia. Y para más inri se hace eco de ello uno de los medios informativos que más se pliegan a sus intereses... A ver si va a ser verdad eso de que "al final todo se sabe."]

El País del 19/01/2010

El vicepresidente del Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC) de la ONU, Jean-Pascal van Ypersele, ha admitido que es "erróneo" el dato contenido en un informe de 2007 del organismo sobre los efectos del calentamiento global según el cual los glaciares del Himalaya desaparecerían en 2035. Ypersele ha subrayado, no obstante, que ese error no invalida las pruebas científicas de la existencia del cambio climático como consecuencia de la acción del hombre, y ha asegurado que muchos utilizarán este fallo para intentar desacreditar de nuevo al IPCC y cuestionar el calentamiento global, como ocurrió recientemente con el llamado Climategate.

A principios de diciembre, en vísperas de la cumbre del clima de Copenhague, trascendió que, tras un ataque informático, la correspondencia de científicos de la Universidad de East Anglia (Reino Unido), una de las más prestigiosas en el estudio del cambio climático, mostraba que parte de la investigación del centro estaba siendo alterada para exagerar el alcance del calentamiento. Entonces, el asunto fue denunciado por el IPCC como un intento de desacreditar a sus expertos.

"Algunas personas intentarán usar este error sobre el Himalaya para perjudicar al IPCC; pero si somos capaces de reconocer el fallo, explicarlo y modificarlo, esto reforzará la credibilidad de la institución, mostrando que estamos dispuestos a aprender de nuestros propios errores", ha dicho Ypersele.

Según cuenta la cadena británica BBC, la afirmación de que los glaciares del Himalaya iban a desaparecer en 2035 pudo haberse originado a raíz de una entrevista en 1999 con el experto en glaciares indio Syed Hasnain, publicada en la revista New Scientist. En 2005, este dato era citado en un informe de la organización ecologista WWF, del que se hizo eco el documento de 2007 del IPCC, conocido como AR4. En éste, se afirmaba: "Los glaciares del Himalaya están disminuyendo a mayor velocidad que los de otras partes del mundo [...] La probabilidad de que desaparezcan en el año 2035 o incluso antes es muy alta". El error podría tener su origen -indica la BBC- en un estudio de 1996 que databa el deshielo en 2350.

La afirmación del IPCC fue motivo de discusión en India en los días previos a la cumbre de Copenhague, con opiniones enfrentadas dentro del propio Gobierno sobre lo que estaba ocurriendo con el hielo del Himalaya. Ese mismo mes, diciembre, se conoció que cuatro importantes expertos en glaciales habían escrito una carta para su publicación en Science sosteniendo que el derretimiento para 2035 era imposible. "Si el grosor del hielo es de unos 200 o 300 metros, y en algunos casos de hasta 400 metros, y tú estás perdiendo hielo a un ritmo de un metro por año, o digamos mejor que doblas la cifra y pierdes dos metros al año, no vas a perder 200 metros en un cuarto de siglo", declaró entonces a la BBC Jeffrey Kargel, de la Universidad de Arizona (EE UU). Ayer, el ministro indio de Medio Ambiente, Jairam Ramesh, pedía al IPCC que explicara el asunto, "porque el dato genera alarma y miedo".

El autor de otra de las partes del informe objeto de la polémica, Georg Kaser, de la Universidad de Innsbruck (Austria), ha señalado a la agencia AFP que él ya advirtió del error en 2006, antes de la publicación del documento. Según el científico, "el dato era tan erróneo que no merecía discusión alguna". "Lo dije", ha manifestado. "Pero por una razón que ignoro, no reaccionaron".

lunes 1 de febrero de 2010

"ESCUADRONES DE LA MUERTE. LA ESCUELA FRANCESA " de Marie-Monique Robin

Mucho se ha escrito y hablado sobre la temible Operación Cóndor pero pocas veces se menciona que el estado francés fue el primero en emplear esas sucias tácticas de contrainsurgencia en sus colonias, especialmente en la guerra de Indochina y en la de Argelia. Así, los oficiales de EE.UU. expertos en antisubversión sólo tuvieron que traducir los manuales en los que imperialismo francés enseñaba a aterrorizar a la población a través de interrogatorios bajo torturas, secuestros e incluso "desapariciones" y aplicarlos al contexto latinoamericano de los años 70. En el siguiente documental la gran periodista e investigadora francesa Marie-Monique Robin desvela una de las facetas más oscuras del terrorismo de estado en Latinoamérica.